
Bueno, chiquets, que estoy no tiene que decaer.
Diréis: sí, con tu nueva barbaca quieres cambiar de look, pero sigues estando gordaco. Sin embargo, he descubierto, tras arduas investigaciones, lo que faltaba en mi entrenamiento (no tan intensivo como debería, pero entreno un mínimo de tres veces por semana). TENSIÓN Y DOLOR.
Pensé: ¿qué tienen en común los pedrolaris, los samurai y a los que les estallan los biceps en los gimnasios? Es la tensión, el sufrimiento, el estar jodidos y estreñidos, el comer cosas que hagan que tu mierda huela peor que la vagina de una prostituta libanesa. Es decir, la musculación no es divertida, no debe ser divertida, debe ser una monotonía tediosa y dolorosa, en la que sufras sin un fin aparente, salvo el estar hinchado y estar dispuesto a reventar ante la mínima provocación.
Ese, amigos, es el camino del espartano (ahora en serio, los espartanos de verdad comían una mierda llamada sopa espartana, compuesta por sangre, entrañas y carne cruda, que era incomible, pero daba proteínas y mala leche a partes iguales).
Por eso me comprometo no sólo a entrenar con tensión (cuando entrenas y luego vas a la ducha con una sonrisa no cuenta como entrenamiento, tienes que ir dolorido y odiando a todo el mundo), sino a quitarle toda la salsa a la vida en las comidas. El aceite deja de existir para mí, al igual que todos los condimentos que no se vendan en un gimnasio.
Y ya sabéis, si dudáis: ¡ESSSSSPARTAAAAAAAAAAAA!